El cuarto paralogismo y la refutación del idealismo
En el cuarto paralogismo de la idealidad, Kant se propone distinguir el idealismo cartesiano, poniéndolo en contraste con el denominado dualismo, al cual el autor adscribe. Mientras que el primero muestra seguridad frente a la realidad interna, poniendo en duda los fenómenos de la realidad externa, el segundo afirma una posible certeza de conocimiento respecto a los objetos del sentido tanto interno como externo.
El idealismo se ve impedido de avanzar en el conocimiento de lo externo, condicionado por las mismas premisas de las que parte. Luego de la duda sistemática a la que Descartes somete a la certeza, se elimina toda seguridad acerca de la realidad efectiva de las cosas externas, pudiéndose conocer solamente aquello que es percibido inmediatamente, es decir, el “yo” como res cogitans. Así, lo representado en mi percepción interna es un efecto de una causa externa y como tal inferencia puede provenir de las más diversas causas, siempre será dudosa. El mundo que llamamos externo puede ser una mera ilusión de nuestro sentido interno, y aunque posea una existencia real, siempre será mediado por el yo y sus representaciones. Dado que solo podemos conocer remitiéndonos a la percepción interna, todo aquello que se encuentre fuera de nosotros será necesariamente inferido, eliminándose así toda certeza absoluta, debido a lo mediato de dicha realidad.
Esta doctrina, a la que Kant llama idealismo empírico o realismo trascendental, se sostiene sobre la base de que los objetos espaciales poseen una realidad por fuera de nuestras representaciones, como entes independientes, considerados como cosas en sí mismas. Aceptada dicha premisa, todo aquello que se nos presenta como externo resulta insuficiente para demostrar la realidad efectiva de las cosas, debido a que si estas tienen una existencia independientemente de nuestra sensibilidad, solo podrán ser inferidas mediante nuestro sentido interno, corriendo el riesgo de generar representaciones engañosas y, por lo tanto, eliminando toda certeza de realidad objetiva.
Para resolver esta problemática, Kant propone una doctrina que se posiciona en las antípodas del idealismo empírico, a saber, el idealismo trascendental. Dicha doctrina se encuentra bien retratada en la imagen del giro copernicano que se plantea en el prólogo de la segunda edición de la Crítica de la razón pura (KrV). ¿Qué sucedería si en vez de pensar, como tradicionalmente lo hizo la metafísica, que los objetos son depositarios de las cualidades que percibimos, pensáramos, en cambio, que en nosotros mismos se encuentran las condiciones de posibilidad que permiten que dichos objetos se nos presenten fenoménicamente? Si aceptamos este cambio de perspectiva, teniendo en cuenta lo expuesto por Kant en la Estética trascendental, debemos considerar que el espacio y el tiempo se encuentran en nosotros a priori, como formas puras de la intuición, posibilitando que la multiplicidad de sensaciones recibidas de las cosas pueda aparecer de manera unificada como representaciones sensibles. El idealismo trascendental es un dualismo, en la medida en que acepta la existencia de la materia, sin salir de la autoconciencia.
Es así como se sortea el obstáculo del idealismo empírico respecto de aquello que se encuentra fuera de nosotros. Sin embargo, Kant nota la ambigüedad que entraña la expresión “fuera de nosotros”, pudiéndose confundir a dichos objetos empíricamente exteriores como cosas que existen por sí mismas, de manera trascendental, independientemente de nuestra sensibilidad. Por eso aclara que son “cosas que se encuentran en el espacio”. Y si el espacio se encuentra en nosotros como forma del sentido exterior, entonces las representaciones que se nos presentan como fuera se hallan, sin embargo, en nosotros. De tal modo que la materia de las representaciones, es decir, las sensaciones, no precisan ser inferidas, sino que son percibidas de manera directa a través del espacio. Aun más, el espacio mismo, como intuición formal, es una representación inmediata y todo lo que en él se representa debe ser tenido en cuenta como efectivamente real. En otras palabras, el mero hecho de representarme algo supone al espacio, por lo que cualquier representación externa da cuenta de su realidad.
Por tanto, el idealismo trascendental constituye a la vez un realismo empírico, ya que da cuenta de la posibilidad de conocer de manera efectiva a los objetos manifestados a través de la experiencia. El idealismo dogmático, identificado por Kant con la doctrina de Berkeley, niega la existencia de la materia, mientras que el idealismo escéptico, de corte cartesiano, privilegia el conocimiento de la realidad interna como efectivamente real, sembrando la incertidumbre del mundo externo. Dicha confusión radica exclusivamente en considerar a los objetos externos como cosas en sí mismas y no como representaciones. Los objetos trascendentales, que sirven presuntamente de fundamento a los fenómenos externos, no son ningún tipo de materia, ni seres pensantes, sino fundamentos que se encuentran más allá del campo de la experiencia, por lo que escapan a todo tipo de determinación por parte de nuestra sensibilidad. De esta forma, si nos limitamos a buscar respuestas solo hasta donde la experiencia nos lo posibilita, estaremos lejos de caer en el problema de si las representaciones internas se corresponden de manera fiel a los objetos externos; como representaciones, se encuentran dadas en nuestra sensibilidad y su realidad efectiva está fuera de dudas.
En la Refutación del idealismo, sección agregada en la segunda edición de KrV, se comienza distinguiendo entre el idealismo problemático de Descartes y el idealismo dogmático de Berkeley. Este último, que según Kant niega la existencia de la materia y reduce la realidad externa a meras fantasías, no es tenido en cuenta en la refutación, debido a que se lo considera definitivamente refutado en la Estética trascendental. Por consiguiente el resto de la argumentación se halla dedicada al idealismo problemático, que pone en cuestionamiento la realidad efectiva del mundo externo, imposibilitando cualquier juicio decisivo sobre el mismo. En la refutación se intenta demostrar que la certeza del “yo” solo es posible mediante la existencia de objetos exteriores. Kant postula el siguiente teorema: “La mera conciencia, pero empíricamente determinada, de mi propia existencia, demuestra la existencia de los objetos en el espacio fuera de mí.”1
Para probarlo, se parte de una premisa que puede ser aceptada sin problemas por cualquier cartesiano: la conciencia de la existencia del “yo” está determinada en el tiempo. Sin embargo, como el flujo de mis representaciones internas está en constante cambio, necesito presuponer algo permanente en la percepción para poder determinar temporalmente mi existencia; necesito de algo que no cambie, que se mantenga estable frente a la sucesión de las representaciones temporales. De otra forma solo existiría un surgir y desaparecer de sensaciones internas que no podrían unificarse para dar cuenta de un yo. Es por eso que dichas representaciones tienen que estar necesariamente enlazadas a algo que exista efectivamente fuera de mí. Por lo tanto la conciencia inmediata de la existencia de otras cosas es la que posibilita la conciencia de mi propia existencia.
Kant está atacando el núcleo del idealismo problemático invirtiendo el argumento cartesiano que sostiene que solo podemos tener conocimiento inmediato de la experiencia interna. Por el contrario, la experiencia del “yo” solo es posible de manera mediata por la experiencia de lo externo. Ciertamente, la representación yo soy expresa la existencia de un sujeto, pero no encierra ningún conocimiento empírico acerca de él; expresa que “algo es”, pero no “cómo es”. Desprovisto de objetos externos, que lo determinen temporalmente, el yo soy pierde su significancia, convirtiéndose en un sistema de relaciones, en una representación meramente intelectual, que no constituye ningún tipo de intuición empírica.
El autor observa, además, que la problemática va más allá de que las determinaciones en el tiempo solo sean posibles mediante la relación entre el movimiento y lo permanente en el espacio, sino que el concepto mismo de sustancia, debido a la mutabilidad constante de las representaciones temporales, solo puede ser aplicado a la materia y no al yo. De modo tal que si el cuestionamiento del idealismo problemático residía en dudar de aquello que no puede ser percibido de manera directa, aquí el problema se invierte. Lo único que puede ser experimentado directamente son las intuiciones espaciales, que determinan la posibilidad de las intuiciones temporales, mediando la experiencia del yo.
Por último, se toma en consideración el argumento cartesiano de que no siempre las representaciones de las cosas externas dan cuenta de su existencia. La imaginación puede generar falsas representaciones, como en el caso de los sueños o las alucinaciones. Sin embargo estas representaciones solo pueden darse mediante la reproducción de anteriores percepciones externas que refieren a objetos efectivamente reales. De modo que para asegurarnos que una experiencia no es un juego de la imaginación se debe indagar en sus determinaciones particulares, comparándola con los criterios de las experiencias efectivamente reales.
Fenómeno, cosa en sí y la des-sustancialización del yo
En el cuarto paralogismo se intenta distinguir la noción de cosa en sí frente de la de fenómeno, siendo este último lo único accesible a nuestra sensibilidad. Se hace hincapié en refutar la idealidad de los fenómenos externos, en razón de la inmediatez de lo percibido mediante la sensibilidad. Es así que debe entenderse a los fenómenos como “un algo que se aparece” determinado por las intuiciones puras de espacio y tiempo. Ahora bien, el carácter de dichas intuiciones constituye una realidad empírica indudable, a la vez que posee una idealidad trascendental, es decir que sirven de condición de posibilidad para cualquier tipo de intuición. Espacio y tiempo no forman parte constitutiva de las cosas en sí mismas, sino que determinan el modo en que estas se nos presentan como objetos de la sensibilidad. Incluso aquello que percibimos como externo, determinado por la forma pura del espacio, se halla en nosotros.
Una lectura apresurada de la filosofía kantiana podría arrojar el resultado de una realidad enteramente fenoménica que se sostiene en el mero percibir del sujeto, conduciéndonos a un radical subjetivismo en donde toda la existencia se encuentra fundamentada por la percepción. Dicha crítica fue hecha por Garve y Feder luego de la primera edición de la KrV, comparando la tesis del autor a un inmaterialismo semejante al de Berkeley. Existen motivos para suponer que Kant agregó, en la segunda edición de la crítica, el apartado Refutación del idealismo con el fin de disipar todo malentendido acerca de su obra.2
Para dejar en claro que la idealidad trascendental del espacio no implica que toda realidad consiste en una proyección subjetiva, Kant debe argumentar a favor de la existencia de objetos fuera del sujeto, alegando que todo conocimiento empírico de las intuiciones temporales, y por ende el conocimiento cartesiano del yo soy, deben ser necesariamente determinados por algo externo.
Si bien la discusión parece darse directamente con Descartes, dejando a Berkeley en un segundo plano, cabe considerar que el autor ataca a la certeza del yo, viendo que una lectura radicalizada de dicha premisa es la que sostiene la tesis del llamado idealismo dogmático. Sin embargo, la inversión del argumento cartesiano no está libre de consecuencias. Si en el idealismo cartesiano se privilegiaba la sustancia pensante, relegándose a un segundo plano la sustancia extensa, en el idealismo trascendental, en cambio, al tomar una relevancia determinante el fenómeno externo, el yo pensante se des-substancializa.
Descartes: el yo, Dios y el mundo exterior
En las Meditaciones metafísicas, Descartes inicia un camino que, debido al desprendimiento de todo lo aprendido, puede denominarse como ascético. En la primera meditación, pone en duda sistemáticamente todas las certezas acerca del conocimiento, a saber, la certeza de los datos de la sensibilidad que se presentan engañosamente y, apelando a la hipótesis del genio maligno, la certeza matemática. Sin embargo, en la segunda meditación recupera una certeza que servirá de punto de partida para el resto de las argumentaciones: Soy una cosa que piensa (res cogitans), es decir, una cosa que duda, conoce, afirma, niega, desea, rechaza, imagina y siente. Sin embargo, dicha certeza no puede darme seguridad del conocimiento de los objetos externos. Por lo tanto, en la tercera meditación, se buscará alguna certeza que provenga de afuera del sujeto. Descartes utiliza una regla general para medir la veracidad de los conocimientos: Aquello que se me presenta de modo claro y distinto es verdadero.
Si bien se pone en duda que existan cosas fuera, no puede dudarse respecto de los sentimientos e imaginaciones que en el sujeto suceden. Fiel a su método, Descartes, se propone distinguir entre los distintos pensamientos que se dan en el sujeto, a fin de discernir con claridad la verdad o falsedad que en ellos reside, separándolos en tres géneros: Las ideas, que constituyen todo aquello que se me presenta como imagen de una cosa, ya sea la representación de otro hombre, una quimera o la misma idea de Dios. Por otra parte, las voluntades o afectos, de las cuales no puedo dudar, dado que representan a mis deseos, que en tal caso pueden ser buenos o malos, pero no falsos. Y por último los juicios, de los cuales debo cuidarme de no engañarme.
El error más habitual, nota Descartes, consiste en juzgar a las ideas dentro de mí como semejantes a lo que se encuentra fuera de mí. Si considerara a las ideas como meras representaciones, sin referencia con el mundo externo, no podría equivocarme, pero dado que las considero referidas a algo fuera de mí, corro el riesgo de incurrir en el error.
Ahora bien, existen tres tipos de ideas: las hechas por el propio sujeto, las innatas y las que provienen de afuera. Las primeras corresponden a las quimeras, y son reales en tanto ideas. Sin embargo, de las que provienen de afuera no puedo tener certeza de su realidad, dado que puedo estar soñando y creer que lo que se presenta fuera de mí existe efectivamente fuera de mí, cuando verdaderamente es una imaginación. Ahora bien, suponiendo que dichas ideas provengan de afuera, no tengo seguridad de que la representación que me figuro se corresponda con la realidad.
En tanto se considera a las ideas como modos de pensamientos, y todas procedentes del sujeto, debe admitirse que existe entre ellas cierta igualdad. No obstante, al considerarlas como imágenes, representan cosas de lo más diverso. En efecto, aquellas que representan substancias tienen un mayor grado de realidad objetiva que las que representan accidentes. De lo que se sigue que la idea que mayor perfección representa, a saber, Dios, la substancia infinita, contiene mayor realidad objetiva que las sustancias finitas. Esto supone una jerarquía de realidades objetivas, donde la sustancia tendrá un mayor grado de realidad que los accidentes, y dentro de las substancias tendrá mayor grado la infinita que las finitas.
Ahora bien, para que una idea exista de manera objetiva en mí, debe tener un grado de realidad formal, es decir, de realidad efectiva, semejante. Claro está, que una idea, en tanto modo de pensamiento, puede ser causa de otra idea que posea en sí misma tanta realidad objetiva como aquella que produce. Sin embargo, esta sucesión no puede darse hasta el infinito, puesto que debe existir, al menos para las ideas principales, una causa formal que, a modo de arquetipo, posea igual o mayor perfección que la realidad objetiva.
No obstante, esto no comprueba que existan otros entes finitos aparte de mí mismo. Si tomamos la realidad objetiva de todas las ideas finitas que poseemos, podemos argumentar que existe en el yo la suficiente realidad formal como para crear todo aquello que nos representamos. En cuanto a las ideas de las cosas corporales, puedo atribuir la categoría de substancia a un ente en la medida en que yo soy una sustancia, con la salvedad de que el ente posee extensión, mientras el yo es una cosa pensante y no extensa. Sin embargo, aunque la extensión, figura, lugar y movimiento, que configuran las ideas de las cosas, no se encuentren de modo formal en mí (por el hecho de ser yo una sustancia pensante), en tanto modos de sustancia, pueden estar contenidos en mí de manera eminente. Del mismo modo puedo obtener la idea de duración y número, en la medida que percibo que ahora soy y recuerdo que también había sido antes; igualmente cuando se suceden varios pensamientos puedo enumerarlos y transferir duración y número a otras cosas.
Hasta aquí solo podemos tener certezas del yo y de sus representaciones. Sin embargo, observa Descartes, existe en mí una idea de una sustancia infinita, a saber, Dios, que como precisa de una realidad formal que contenga en sí misma el mismo grado de perfección, no pudo haber sido creada por mí, dado que si yo fuese causa de la idea de Dios, tendría que ser perfecto y eterno; con lo cual mi potencia sería ilimitada, a la vez que podría conservarme infinitamente. Sin embargo, yo me percibo, en tanto que dudo y deseo, como un ser carente de perfecciones, como un ser incompleto, y aunque pueda progresivamente acrecentar mi conocimiento hacia la perfección, la idea de Dios contiene la totalidad de las perfecciones en acto, mientras que la del yo, en potencia. Del mismo modo no hay ninguna fuerza en mí que me permita asegurar que ese yo que soy ahora siga siendo más tarde, por ende debo depender de algún otro ser distinto de mí que me conserve a cada instante. Hasta aquí, Descartes ha podido ir más allá de la certeza del yo soy, comprobando que existe una causa eminente, creadora y sostenedora de dicho yo. Esta idea ha sido puesta en mí y existe de manera innata, al igual que la idea del yo. Sin embargo, no será hasta la cuarta meditación en donde se salvará la distancia entre los objetos exteriores y sus representaciones.
Si Dios es la sustancia infinita que contiene en sí mismo todas las perfecciones, entonces no puede ser un engañador, dado que el engaño constituye una imperfección y por definición no puede formar parte suya. El método cartesiano, que consiste en tener por cierto aquello que se ve claro y distinto, ha sido comprobado a lo largo de las meditaciones precedentes, donde se llegó a las certezas del yo y de Dios por medio del mismo. Descartes argumenta que si existe en mí una facultad de juzgar, que ha sido puesta por Dios, entonces hay posibilidades de conocer. Sin embargo, no puede haber dudas en que a veces se incurre en el error, tomándose por verdadero lo falso. Como no es posible que un Dios veraz me haga errar, ni que exista algún otro tipo de inteligencia maligna que sea más poderosa que Dios y me haga incurrir en el error, la causa de todo error debe radicar en el uso que hago de mi facultad de juzgar. Cuando la voluntad, es decir, la facultad de elegir, el libre albedrío, quiere abarcar más allá de lo que el intelecto, o sea, la facultad de conocer, ve claro y distinto, es donde se incurre en el error. Sin embargo, haciendo uso del método que me obliga a tener por cierto solo aquello que veo clara y distintamente, no hay lugar para el error.
Según Kant, de acuerdo con lo expuesto en el cuarto paralogismo, la duda cartesiana no logra resolverse por el hecho de depositar la realidad de los objetos fuera del yo. En tal caso, la realidad formal del objeto se encontraría siempre fuera de uno mismo y sería siempre de carácter dudosa. Sin embargo, el filósofo de Königsberg, no toma en cuenta (o tal vez rehúsa de hacerlo intencionalmente) que Dios es una pieza fundamental para alcanzar un conocimiento claro y distinto de lo externo, es la garantía de que la aplicación del método no puede conducirme al error.
En la Refutación del idealismo, Kant interpreta que el yo soy es el punto de partida cartesiano para dar seguridad de la realidad del mundo externo. Sin embargo, le atribuye a dicho yo una existencia dentro del denominado sentido interno, de modo tal que precisa de algo determinado en el espacio para determinarse como tal. Por el contrario, Descartes no supone al yo en el tiempo, sino que a partir del yo es que pueden constituirse las ideas de número y duración; aún más, el yo no puede existir en el tiempo si no es sostenido por una causa eminente, o sea, Dios.
Es entendible que para la filosofía crítica, que intenta sentar las bases de una metafísica sobre la solidez de la experiencia (entendida como producto del entendimiento a partir de lo dado en la sensibilidad), la idea de Dios quede en un segundo plano de las argumentaciones, buscando un nuevo camino para demostrar la validez de la experiencia. Sin embargo, en el sistema cartesiano, dicha idea constituye la piedra angular para legitimar la relación entre el yo y el conocimiento del mundo externo, a la vez que, la eternidad de Dios, garantiza la continuidad del yo en el tiempo. Al quitar la idea de Dios, no existe modo alguno de establecer un método válido que legitime las representaciones subjetivas del mundo con las cosas efectivamente existentes.
Berkeley y la lectura kantiana
El sistema de Berkeley intenta demostrar que no existen razones para dar por existente a la materia. La afirmación “ser es ser percibido” da cuenta de que lo único capaz de ser percibido son las ideas, lo que significa que no puede separarse su ser de su percepción. Por lo tanto, la hipótesis de que existe una materia incognoscible, que sirve de sustrato para los accidentes que en ella se manifiestan, resulta innecesaria.
En dicho sistema solo existen las sustancias espirituales, las cuales son capaces de percibir. Mientras que las ideas son de carácter pasivo, las mentes o espíritus son de carácter activo. Las ideas se perciben inmediatamente a través de la sensibilidad, y no poseen una existencia extramental, es decir que lo que se percibe como real no tiene una independencia de la mente; lo real es aquello percibido por los sentidos y todas las cualidades sensibles pertenecen al objeto, es decir, a la idea u objeto de conocimiento.
Berkeley está discutiendo puntualmente con el empirismo materialista de su época, así como con su fundador teórico, Locke. Sin embargo, podría rastrearse el origen de la polémica hasta la filosofía aristotélica, donde se sostiene que existe una materia informe, que es pura potencia, actualizada por la forma, que la hace perceptible. El filósofo irlandés sostiene que es una contradicción creer que algo pueda ser perceptible y no existir, dado que no puede separarse ni abstraerse la existencia de una cosa sensible de su ‘ser percibida’. Si solo percibimos determinaciones accidentales de una materia ininteligible, entonces no hay razón para creer que dicha materia exista, dado que no puede ser percibida. El autor dice: “las cosas percibidas por los sentidos son percibidas inmediatamente; y las cosas percibidas inmediatamente son ideas; ahora bien, las ideas no pueden existir fuera de la mente; su existencia, por tanto, consiste en ser percibidas”3
Ahora bien, ¿qué sucede cuando no percibimos las cosas? Podría pensarse que la propuesta de Berkeley sostiene que la realidad es creada a medida que la mente percibe y disuelta en el momento que deja de ser percibida. Sin embargo el autor se esfuerza en dejar en claro que no es eso lo que quiere decir. En ningún momento se está poniendo en duda la existencia real de los objetos, sino la hipótesis de que existe algo separado de la percepción, una sustancia material que sirve de base a estos. La causa eficiente de las ideas siempre es un espíritu. Cuando nadie percibe una cosa, sin embargo, esta subsiste en la mente del espíritu eterno, o sea Dios, que es creador de todas las cosas. De modo que la razón activa de Dios es la que mantiene la estabilidad en el mundo que percibimos, mediante leyes eternas e inmutables que posibilitan y legitiman el conocimiento.
Podría esgrimirse contra Berkeley la duda cartesiana y alegar que no puedo tener seguridad de cuando dichas ideas pertenecen al mundo externo o cuando son producto de mi imaginación. Frente a dicha objeción, el autor distingue entre dos tipos de ideas: unas provenientes de la sensibilidad y otras provenientes de la voluntad. En cuanto a estas últimas, puedo hacer que aparezcan y desaparezcan con solo desearlo, pero respecto a las que provienen del mundo sensible, no puedo mediante la voluntad hacer que dejen de existir. Cabría argumentar que en los sueños existe una tendencia a confundir lo proveniente de la sensibilidad con lo de la voluntad, sin embargo, las ideas oníricas poseen una realidad más débil y transitoria que las que se perciben por los sentidos. De modo tal que no hay razones suficientes para dudar de la realidad del mundo.
Pero ¿por qué se utiliza el término ‘idea’, que tantos malentendidos parece generar y no el término ‘cosa’? Berkeley intenta remitirse al lenguaje utilizado por la tradición filosófica. Mientras que ‘cosa’ puede designar tanto a ideas como espíritus, y supone una existencia separada y absoluta, ‘idea’ implica una relación necesaria con la mente, algo inmediato al entendimiento. Respecto de los espíritus, en tanto seres activos, no puedo representarme una idea de estos, sino solo percibir sus efectos.
Kant interpreta el sistema de Berkeley como un tipo de escepticismo radical y dogmático, que niega la existencia de las cosas, reduciendo todo el mundo externo a meras fantasías. En los Prolegómenos señala que lo distintivo del idealismo, desde los eleáticos hasta Berkeley, puede resumirse en la siguiente fórmula: “Todo conocimiento mediante los sentidos y la experiencia no es nada más que mera apariencia ilusoria, y la verdad está solamente en las ideas del entendimiento puro y de la razón”4. No obstante, la doctrina de Berkeley no parece distinguir entre sensibilidad y entendimiento; más bien parece existir una unidad entre ambos, dado que los objetos de conocimiento, a saber, las ideas, son aquellos que percibimos por los sentidos y que constituyen la experiencia directa de lo real.
Cabe suponer que la interpretación kantiana haya sido influenciada a la luz de la siguiente afirmación de Hume sobre Berkeley:
“...ciertamente la mayoría de los escritos de aquel muy ingenioso doctor constituyen las mejores lecciones de escepticismo que pueden encontrarse en filósofos antiguos y modernos [...] ...que todos sus argumentos, aunque tuvieran otra intención, son en realidad meramente escépticos, resulta evidente por lo que sigue: no admiten contestación ni producen convicción. Su único efecto es producir el asombro momentáneo, la irresolución y confusión, que son el resultado del escepticismo.”5
Sin embargo, Berkeley nunca negó la existencia de las cosas, sino solamente el concepto filosófico de materia. Incluso, en el tercero de los Diálogos entre Hilas y Filonús, concede la posibilidad de llamar ‘materia’ a aquello que percibimos por los sentidos, siempre y cuando no se le atribuya una subsistencia separada de su capacidad de ser percibida.6 Es cierto que se niega la realidad substancial de las cosas, pero esto no significa que aquello percibido por los sentidos sean puras fantasías, sino que las cosas subsisten por medio de la actividad de la mente que las perciba, sea de un espíritu finito o del espíritu eterno de Dios.
Nuevamente, Kant parece dejar de lado una pieza fundamental del sistema filosófico en cuestión. Al igual que el sistema de Descartes, el empirismo inmaterialista de Berkeley, legitima su conocimiento del mundo a través de Dios, a diferencia que el principio divino, no es idealizable, sino que es fundamento activo y sostenedor de todas las ideas. Poniendo a un lado dicho fundamento, todo su sistema filosófico queda reducido al absurdo.
Otro punto problemático señalado por Kant, es el inconveniente que suscita depositar al espacio y tiempo como cualidades empíricas del objeto. Si esto fuera así, sería imposible establecer conocimientos universales y justificar la validez de las matemáticas y la física, así como también establecer leyes en la naturaleza. Dicho problema fue al que se enfrentó la tradición del empirismo inglés, y que Kant intenta resolver. El carácter apriorístico del espacio-tiempo, presentado en la Estética trascendental, al igual que el de las categorías del entendimiento, posibilitan generar una síntesis de las intuiciones empíricas creando objetos de conocimiento y permitiendo el avance de la ciencia.
La reseña de Garve y Feder
En 1782 apareció una reseña escrita por Christian Garve y editada por Georg Feder, donde se intenta mostrar que el idealismo trascendental kantiano, al cual los críticos denominan un “idealismo superior”, no se distingue de la doctrina de Berkeley.
Según Garve y Feder, el idealismo kantiano iguala a la materia y el espíritu, transformando al mundo y a nosotros mismos en representaciones, haciendo que el origen de los objetos sean meras apariencias. Al haber un desconocimiento total acerca de si hay cosas reales fuera de nosotros, entonces suponemos los objetos. Lo real es aquello que se nos presenta en algún lugar y en algún momento, y siendo espacio y tiempo leyes subjetivas de nuestra facultad representativa, solo conocemos, mediante las sensaciones, modificaciones de nosotros mismos. Los autores vislumbran que “El entendimiento hace objetos a partir de los fenómenos sensibles, que se distinguen de otras representaciones únicamente por la condición subjetiva de que el tiempo y el espacio están enlazados a ellos”. De este modo, el entendimiento es quien determina el orden de la naturaleza, mediante leyes que existen a priori en nosotros. Sin embargo, no logran comprender de qué manera esto posibilita el conocimiento, porque interpretan que aquello válido para el entendimiento solo lo es de manera subjetiva.“...el entendimiento tan sólo elabora las sensaciones, sin suministrarnos conocimientos nuevos...”
Siguiendo dicha interpretación, no podemos tener una clara distinción de aquello que es real de lo que es mera ensoñación, por la mera aplicación de conceptos intelectuales. Los autores argumentan que en los sueños pueden existir cosas que se nos presentan como fuera de nosotros, y sin embargo son representaciones subjetivas, que pueden estar perfectamente enlazadas por conceptos. En conclusión, nunca podríamos tener seguridad de la realidad del mundo externo, cayendo en un radical escepticismo. Los autores interpretan a Kant como un idealista más, que no puede dar cuenta de la realidad de los objetos exteriores, y por tanto transforma el mundo entero en representaciones fantasmales, “...en la medida en que el entendimiento los conecta en una serie de experiencia y que la razón busca necesariamente, aunque en vano, extenderlos y unirlos en un sistema total y completo del mundo”.
Sin embargo, Garve y Feder, pierden de vista a qué se está refiriendo Kant cuando habla de la idealidad del espacio-tiempo. El espacio es la forma del sentido externo, mientras que el tiempo del sentido interno; ambos tienen una realidad empírica, respecto a lo que se nos presenta como objeto en nuestra sensibilidad, y una idealidad trascendental, respecto a las cosas en sí mismas. A su vez, los autores confunden lo que Kant llama fenómeno con las cosas en sí mismas, reduciendo estas últimas en meras apariencias. Sin embargo, la tan problemática cosa en sí kantiana, no se agota en el fenómeno, sino que subsiste más allá de las determinaciones sensibles, aunque no podamos tener conocimiento alguno de ella. Ciertamente no podemos dar cuenta de los fenómenos más allá de nuestras representaciones, dado que, al ser formados por las intuiciones de espacio y tiempo, no tienen existencia en sí mismos. Ahora bien, ¿de dónde provienen entonces los datos que afectan a la sensibilidad? Kant sostiene que:
“un fenómeno no puede ser nada por sí mismo y fuera de nuestro modo de representación, y por tanto, si no ha de resultar un perpetuo círculo, la palabra fenómeno indica ya una referencia a algo cuya representación inmediata es, ciertamente, sensible, pero que en sí mismo, sin esta constitución de nuestra sensibilidad (en la cual tiene su fundamento la forma de nuestra intuición), debe ser algo, es decir, un objeto independiente de la sensibilidad.”7
Aquí se puede ver claramente que, de acuerdo con la filosofía crítica, los fenómenos no pueden subsistir sin una sensibilidad que los construya como tales. Espacio y tiempo configuran a las sensaciones dadas en la sensibilidad, a la vez que sirven de condición de posibilidad para la manifestación de todo fenómeno. Sin embargo, esto no niega que exista algo que sirva de fundamento al fenómeno, a saber, un objeto trascendental, independiente de la sensibilidad misma, del cual nada podemos conocer, pero que constituye el correlato de los fenómenos.8
Por otra parte, Garve y Feder, concluyen en que no se puede tener certeza absoluta de cuándo se está frente a un fenómeno que es producto del sentido externo, de cuándo se está frente a una manifestación de representaciones internas; es decir, diferenciar el sueño de la vigilia, y por lo tanto, lo real de lo ilusorio. Cabe suponer que frente a esta crítica, Kant haya elaborado el siguiente texto de los Prolegómenos:
“...la diferencia entre la verdad y el sueño no consiste en la naturaleza de las representaciones referidas a objetos, pues ellas son las mismas en ambos; sino que consiste en la conexión de las representaciones según las reglas que determinan la concatenación de las representaciones en el concepto de un objeto, y en la medida en que puedan o no puedan coexistir en una experiencia. Y entonces no depende de los fenómenos, si nuestro conocimiento toma la apariencia ilusoria por verdad”9
Es decir que el error no depende de la sensibilidad sino del entendimiento, que genera juicios falsos sobre las representaciones que recibe. Por lo tanto, debo servirme de tales representaciones solamente respecto a una experiencia posible; basta atenerse a que espacio y tiempo son una condición necesaria para que se manifiesten los objetos de los sentidos, y no a las cosas en sí mismas, para no incurrir en el error. Kant señala que “la apariencia ilusoria no puede imputarse a los sentidos, sino al entendimiento, sólo al cual corresponde pronunciar un juicio objetivo a partir del fenómeno”10.
Esto es tratado con mayor claridad en la distinción que hace Kant sobre los juicios de percepción y los juicios de experiencia. Si el entendimiento hace juicios solamente mediante las intuiciones de la sensibilidad, nos encontramos ante juicios de la percepción, cuya validez, estando relacionada solamente con un sujeto, es contingente y subjetiva, y por lo tanto no pueden ser universales. En cambio, los juicios de experiencia deben hablar de la experiencia en general, para lo que “...deben agregar algo que determine al juicio sintético como necesario, con ello, como universalmente válido”.11 Sin embargo, tampoco sirven los conceptos si se los aparta de los fenómenos y se intenta referirlos a las cosas en sí, sino que “...sólo [sirven] a nuestro entendimiento para el uso de la experiencia; fuera de ello son enlaces caprichosos sin realidad objetiva...”12. O como es señalado en la primera edición de la KrV: “Pensamientos sin contenido son vacíos, intuiciones sin conceptos son ciegas”.13 Para que se genere experiencia el enlace entre los conceptos y las intuiciones debe ser válido; solo en ese caso podemos hablar de juicios sintéticos a priori y fundamentar leyes de la naturaleza.
El yo trascendental, Jacobi y el conocimiento simbólico
Con los principios sentados en la Estética trascendental y con el cuarto paralogismo, Kant intentó dejar en claro que toda representación fenoménica, sea externa o interna, es producto de la sensibilidad, que construye a través de las formas puras de la intuición. Siempre conocemos las cosas como se nos aparecen, nunca como son en sí mismas, dado que su realidad trascendental escapa a toda experiencia posible. Como bien señala Roberto Torretti, “La apariencia (Erscheinung) no es lo mismo que la ilusión (Schein). La ilusión surge cuando se toma a la apariencia por otra cosa de lo que es.”14 En Descartes la realidad formal está puesta en objetos exteriores al sujeto, sirviendo como causa eficiente de toda representación. En cambio, en Kant, espacio y tiempo, como formas puras de la intuición efectivamente reales, dan la realidad formal a las representaciones, mientras que de la causa eficiente, de las cosas en sí mismas, nada conocemos. Con dicho abordaje queda resuelta, si se aceptan los principios planteados en la Estética trascendental, la duda cartesiana acerca de la fiabilidad de las representaciones; el idealismo clásico queda refutado, si se tiene en consideración que el carácter apriorístico y universal del espacio y tiempo posibilita establecer la inmediatez de todo aquello que se nos representa, en el sentido interno y externo, abriendo la posibilidad de construir un conocimiento objetivo en base a la experiencia subjetiva.
Pese a la insistencia en diferenciar a los fenómenos de las cosas en sí mismas, la idealidad del espacio y tiempo dejó abierta la puerta a lecturas subjetivistas de su doctrina, que se vieron reflejadas en la reseña de Garve y Feder. Podemos pensar que el enfoque de la reseña haya sido propiciado por ciertos paralelismos entre los sistemas de Berkeley y Kant: el carácter pasivo de la sensibilidad, se asemejaría a las ideas de Berkeley; a su vez, la actividad del entendimiento, tendría su correspondencia con el espíritu-mente del filósofo irlandés. Al igual que Kant, Berkeley no acepta ningún tipo de idea que se encuentre por fuera de la sensibilidad. Las ideas, según Berkeley, solo pueden ser generadas por la actividad de la mente. Sin embargo, existe una diferencia fundamental, que quizás haya sido una de las contribuciones más importantes de Kant a la filosofía: la distinción entre la sensibilidad, que contiene, a priori, las formas puras de la intuición, y el entendimiento, que contiene, a priori, las formas puras de los conceptos, a saber, las categorías; ambas contenidas en el sujeto y posibilitadoras de todo conocimiento. El mayor inconveniente de Berkeley, es que le confiere a las cosas en sí mismas (ideas) características espacio-temporales que el sujeto conoce a través de la experiencia (a posteriori), imposibilitando un tipo de conocimiento a priori del espacio y tiempo e impidiendo cualquier clase de universalización de la experiencia; problema con el cual se toparon los empiristas en general.
Para evitar futuras lecturas equívocas de su obra, Kant redactó los Prolegómenos exponiendo de modo más claro y simplificado el núcleo de la filosofía crítica; a su vez, agregó pasajes a la segunda edición de la KrV, donde se deja claro que no se está negando la realidad del mundo externo, como por ejemplo en la Refutación del idealismo (RI).
En la RI se intenta demostrar que la proposición yo soy, desprovista de cualquier tipo de determinación externa, carece de contenido. De modo tal que el carácter empírico del yo solo es posible mediante algún tipo de intuición dada en el espacio. El yo en sí mismo pierde la cualidad de sustancia. Como sostiene Edgardo Albizu “...[el] «Yo» perdió la posibilidad de significar la individuación efectiva, en acto, según podría adjudicarse a la próte ousia de las Categorías de Aristóteles. [...] «Yo» no instaura ser (en la forma «soy») sino a la inversa: así lo diría la proposición «se me es»”.15 Es decir que me conozco a través de aquello que se me es representado fenoménicamente, gracias al sistema de relaciones que constituye el yo.
Esto abre la posibilidad de pensar una realidad trascendental del yo soy. En las recientemente encontradas hojas de Leningrado, Kant deja en claro que “«Yo soy» no es ninguna proposición de experiencia pero [...] la coloco como fundamento a cada percepción para realizar la experiencia”16. Es decir que, si bien la proposición yo soy nada dice acerca de cómo es ese yo, es condición de posibilidad de toda experiencia, incluso de la realidad empírica de mí mismo. Sin embargo, la conciencia del yo debe existir antes de cualquier intuición externa. Por eso más adelante, el autor señala que “...es necesario que yo pueda volverme consciente de mí mismo a priori como estando en relación con otras cosas antes incluso de la percepción de estas...”.17 Al igual que solo puedo conocer al espacio y tiempo a través de lo que se me presenta en ellos, y del mismo modo que las categorías en sí mismas, desprovistas de una intuición sensible, no refieren a nada, la intuición interna del yo no puede ser conocida por sí misma, sino que precisa de algo determinado en el espacio que exista simultáneamente; sin embargo el yo es necesario para cualquier tipo de experiencia, por lo que debe existir independientemente de esta, es decir, de modo trascendental, sirviendo de base para el conocimiento del yo empírico, es decir, del yo psicológico.
Al igual que las cosas en sí, u objetos trascendentales, el yo trascendental no puede ser conocido, reduciéndose a un sistema de relaciones que posibilitan la experiencia, pero que no constituyen una realidad empírica. Mientras que todo lo relativo a la experiencia necesita ser determinado, aquello que queda fuera, y que constituye la realidad trascendental, pertenece al reino de lo indeterminado. Claro está, que la razón teórica solo puede pensar en términos de necesidad, aplicando leyes universales que sirven para entender la naturaleza y fundamentar la ciencia. Sin embargo, si solamente nos valemos de este tipo de conocimientos ¿qué lugar queda para la libertad? Aquí es donde la realidad trascendental del sujeto tiene un importante protagonismo. La indeterminación del yo constituye la base de la libre voluntad, que servirá para establecer las bases de una razón práctica y una ética universal.
Esto nos lleva a otro problema que no podremos abordar en su totalidad en este trabajo, pero que dejamos planteado para vislumbrar hacia dónde puede dirigirnos la temática. En 1787, el mismo año que se publica la segunda edición de la KrV, es publicada una obra de Friedrich Heinrich Jacobi que realiza una crítica un tanto más perspicaz que la de Garve y Feder.
“...la filosofía kantiana abandona completamente el espíritu de su sistema cuando dice de los objetos que éstos impresionan a los sentidos, en virtud de lo cual provocan sensaciones y de esta manera suscitan representaciones; pues, según la doctrina kantiana, el objeto empírico, que es siempre sólo fenómeno, no puede existir fuera de nosotros, y no puede ser ninguna otra cosa que una representación; del objeto trascendental, empero, no sabemos, según esta doctrina, ni siquiera lo más mínimo; [...] sólo es supuesto como lo inteligible del fenómeno en general, meramente para que tengamos algo a lo cual corresponda a la sensibilidad como receptividad”18
Jacobi le cuestiona a Kant, que la noción de una cosa en sí, que afecta a la sensibilidad, pero de la cual nada podemos conocer, es contraria a las bases de la filosofía crítica. Si solo podemos partir de aquellos conocimientos de los cuales tenemos experiencia, entonces ¿cómo podemos asegurar que los objetos trascendentales son el correlato de los fenómenos espacio-temporales, si no conocemos nada de ellos? Según Jacobi, puede optarse por dos alternativas: o se acepta que existe conocimiento de algo más allá de la experiencia, y entonces se rechazan las bases del idealismo trascendental, o bien se acepta que todos los fenómenos tienen origen en el sujeto, lo que constituiría un solipsismo radical.
Ciertamente Jacobi está haciendo alusión a la primera crítica, donde la razón teórica encuentra su límite, pudiendo tener conocimiento solamente partiendo de la base de intuiciones empíricas. Si tomamos la alternativa de pensar la filosofía crítica como un solipsismo, si todos los conocimientos se sintetizan y forman parte del sujeto, entonces no hay lugar para un conocimiento objetivo. Claramente, Jacobi está interpretando que esto sucede en un sujeto determinado. Sin embargo, el sujeto kantiano debe ser tomado como un yo que, en la medida que posee formas de intuición e intelección a priori, constituye un sujeto universal.
Pero ¿qué sucede si aceptamos la existencia de objetos trascendentales, que están más allá de toda experiencia posible? ¿Realmente se desmorona todo el sistema kantiano? Como antes vimos, al cuestionar al idealismo trascendental, Jacobi solo tiene la lectura de la primera crítica. Sin embargo, habrá que esperar hasta la tercera crítica para que se vislumbre una posibilidad de conocer de algún modo lo incondicionado. En el parágrafo 59 de la Crítica del discernimiento, Kant propone una nueva forma de conocimiento para aquellos conceptos que solo la razón puede pensar, pero a los que no les corresponde ninguna intuición sensible adecuada. Es un tipo de conocimiento por analogía, donde la intuición sensible no se corresponde con el contenido de dicho concepto, sino que es una forma de la reflexión que constituye una representación simbólica, “...en la que el discernimiento lleva a cabo una doble tarea: en primer lugar, aplica el concepto al objeto de una intuición sensible y entonces, en segundo lugar, aplica la mera regla de la reflexión sobre aquella intuición a un objeto totalmente diferente, del cual el primero es tan sólo símbolo.”19
Las representaciones simbólicas constituyen la sensorialización de aquello que no posee una realidad empírica. Esto permite pensar de alguna manera a las cosas en sí mismas, así como también a las ideas morales, e incluso a Dios. De este modo encontramos una vía de acceso a los conocimientos metafísicos, a través de analogías que nos permitan pensar aquello que se encuentra más allá de la razón teórica.
Podemos concluir que el idealismo, entendido en el sentido clásico, queda refutado, abriéndose paso un nuevo tipo de idealismo completamente diferente: el idealismo trascendental. Este se aparta de la idea corriente del idealismo que cuestiona el carácter dudoso de las representaciones por ser presuntamente ilusorias. Como señala Henry Allison, la idealidad trascendental caracteriza las condiciones necesarias y universales, por lo tanto a priori, del conocimiento humano, mientras que la realidad trascendental refiere a objetos no sensibles o noúmenos. Las apariencias, en sentido trascendental, son las entidades espacio-temporales, las cosas que son capaces de ser percibidas por la sensibilidad humana, mientras que el sentido trascendental de las cosas en sí refiere a cosas independientes de tales condiciones.20 Solo sobre esta base se deja atrás la incertidumbre y se puede comenzar a construir una ciencia de la metafísica.
Bibliografía
Textos Fuente
Berkeley, G.; Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Ed. Alianza, 1992.
Tres diálogos entre Hilas y Filonús, Traducción: A. P. Masegosa, Ed. Folio, 2002.
Descartes, R.; Meditaciones acerca de la Filosofía Primera, Traducción de Díaz, J. A., Ed. Biblioteca abierta, Universidad Nacional de Colombia, 2009
Hume, D.; Investigación sobre el conocimiento humano. Historia natural de la religión. Diálogos sobre la religión natural, Traducciones de J. Salas, A.J. Capelletti, H. López y M. A. Quintanilla, Biblioteca universal del círculo de lectores, 1995.
Jacobi, F.H.; David Hume, sobre la creencia o sobre el idealismo y el realismo, traducción Hugo Javier Ochoa, proyecto FONDECYT N° 1010382: “El realismo de Jacobi como contrapropuesta al idealismo racionalista”
Kant, I.; Crítica de la razón pura (KrV), edición bilingüe, traducción de M. Caimi, FCE, 2009.
Crítica del discernimiento, Versión castellana y estudio preliminar de Roberto R. Aramayo y Salvador Mas, Alianza Editorial, 2012
Folhas soltas de Leningrado I, Sobre o Sentido interno, en “Um Manuscrito de Kant Recém Descoberto”, Traducción al portugués y notas de Cláudia Drucker, O que nos faz pensar, n° 3, Septiembre de 1990, pp. 97-104
Prolegómenos a toda metafísica que haya de poder presentarse como ciencia, traducción de M. Caimi, Istmo, 1999.
Bibliografía complementaria
Albizu, E.; “El núcleo trans-metafísico de la filosofía trascendental kantiana” en Anuario de filosofía Jurídica y Social, n° 36, Buenos Aires, Abelardo Perrot, 2016
Beade, I. P.; “En torno a una posible interpretación del tratamiento kantiano de la afección sensible como argumento trascendental” (?)
Caimi, M.; "Introducción" en El discurso del método, Colihue, 2004
Jáuregui, C.; Kant y la Refutación del Idealismo, conferencia dictada en la UNSAM el 30 de setiembre de 2013
Mejía Vergnaud, A., “Introducción a los problemas de la filosofía moderna. Selección de textos de George Berkeley”, D.C.L. Oxon, Ideas y Valores, vol. 57, n° 138, diciembre, 2008, pp. 133-165
Oroño, M; “El punto de partida, los supuestos y los alcances de la refutación kantiana del idealismo” en Tópicos, Revista de Filosofía, 53, 2017
Solé, M. J.; “El idealismo trascendental kantiano: origen del debate”, Revista de Estud(i)os sobre Fichte [En línea], 10 | 2015, URL : http://ref.revues.org/608
Torretti, R.; Manuel Kant, Estudio sobre los fundamentos de la filosofía crítica, Ediciones de la Universidad de Chile, 1967
- KrV B275
- Cfr. Oroño, M; “El punto de partida, los supuestos y los alcances de la refutación kantiana del idealismo” en Tópicos, Revista de Filosofía 53, 2017, Nota n° 3 de la p. 232
- Berkeley, G.; Tres diálogos entre Hilas y Filonús, Traducción: A. P. Masegosa, Ed. Folio, 2002, p. 162
- Kant, I.; Prolegómenos a toda metafísica que haya de poder presentarse como ciencia, traducción de M. Caimi, Istmo, 1999, (375) p. 307
- Hume, D.; Investigación sobre el conocimiento humano. Historia natural de la religión. Diálogos sobre la religión natural, Traducciones de J. Salas, A.J. Capelletti, H. López y M. A. Quintanilla, Biblioteca universal del círculo de lectores, 1995, Nota de las pp. 188-189
- Cfr. Berkeley, G.; Tres diálogos entre Hilas y Filonús [...] p. 186
- KrV A251-252
- KrV A30
- Kant, I.; Prolegómenos a toda metafísica... (290), p. 103
- Ibidem, (292), p. 105
- Ibidem; (304) pp. 143-145
- Ibidem; (313) p. 167
- KrV A 51
- Torretti, R.; Manuel Kant, Estudio sobre los fundamentos de la filosofía crítica, Ediciones de la Universidad de Chile, 1967, p. 208
- Albizu, E.; “El núcleo trans-metafísico de la filosofía trascendental kantiana” en Anuario de filosofía Jurídica y Social, n° 36, Buenos Aires, Abelardo Perrot, 2016, p. 164
- Kant, I.; “Folhas soltas de Leningrado I, Sobre o Sentido interno”, en “Um Manuscrito de Kant Recém Descoberto”, Traducción al portugués y notas de Cláudia Drucker, O que nos faz pensar, n° 3, Septiembre de 1990, pp. 97-104, líneas 5-10
- Ibidem; líneas 30-35
- Jacobi, F.H.; David Hume, sobre la creencia o sobre el idealismo y el realismo, traducción Hugo Javier Ochoa, proyecto FONDECYT N° 1010382: “El realismo de Jacobi como contrapropuesta al idealismo racionalista”, p. 145
- Kant, I; Crítica del discernimiento, Versión castellana y estudio preliminar de Roberto R. Aramayo y Salvador Mas, Alianza Editorial, 2012, p. 500
- Cfr. Allison, H.; El idealismo trascendental de Kant: una interpretación y defensa, Ed. Anthropos, Barcelona, 1992, pp. 35-36